El hambre se fundió con las ganas de comer.
Solo un platillo, el principal.
Los cubiertos estaban de más,
los dientes, la lengua, las manos,
el olfato, la vista, el tacto, el oido...
todos los sentidos despiertos a la vez.
Alimentarse como un recién nacido.
Pegado al pecho de su madre,
sudando, gozando, tragando...
Ansiedad de manos, bocas y piel.
Unas sostenían el manjar,
otras libaban el néctar que bañaba la piel.
Como los condenados a muerte,
comimos y bebimos hasta el amanecer
y el festín me llevó del placer a la risa y luego al llanto
Y el hambre se comia mi ser y mi ser no encontraba sociego.
El sueño rindió al apetito, voráz animal salvaje,
en un abrir y cerrar de mi ser.
Y el gemido se hizo suspiro mientras el manjar permanecía intácto después de cada mordida.
Cándida.